|
El ProcónsulProcónsul era un cargo en una administración provincial surgida dos siglos antes de Cristo en la Roma antigua. El procónsul realizaba las funciones que el cónsul, la figura máxima de la magistratura romana que había remplazado a la monarquía, no podía hacer por razones de tiempo y trabajo en su extenso dominio territorial. Aquella pax Romana se ha convertido actualmente en pax Americana, donde todos los caminos conducen a Washington, y el cónsul George W. Bush tiene en Tony Garza, a un procónsul que no sólo lo representa, sino que además tiene el poder para administrar y cambiar el estado de cosas en el dominio en el que se encuentra. ¿O acaso lo que sucedió esta semana al ser recibido el embajador Garza por el secretario de Gobernación Carlos Abascal, sin invitar al secretario de Relaciones Exteriores Luis Ernesto Derbez, pese a que hablaron de materia estrictamente de política exterior, no es una señal clara de la claudicación gubernamental mexicana ante Washington? Si no es así, que aclaren lo contrario, pues hasta ahora, ante la falta de explicación, lo que es inadmisible es la subordinación genuflexa del presidente Vicente Fox, por conducto del secretario Abascal, ante el representante de Estados Unidos. Hacía muchas décadas, quizás un siglo, en que la intromisión del representante de la Casa Blanca ante el gobierno mexicano no era tan servilmente aceptada por la Presidencia. La tensa relación bilateral que se vive en la actualidad no es peor de lo que se tuvo en años recientes anteriores, cuando la prepotencia de los embajadores estadounidenses nunca llegó a provocar que el gobierno mexicano se hincara ante sus gritos. John Gavin, un actor de segunda que fue nombrado por su igual en Hollywood, y a la sazón presidente Ronald Reagan, como embajador de Estados Unidos en México, parecía el prototipo del arrogante, déspota y profundamente detestable enviado de Wa- shington a sus colonias latinoamericanas. Eran los tiempos de la lucha contra el comunismo, decían, en Centroamérica, cuando la postura mexicana en la región irritaba enormemente a la administración Reagan. El secretario de Estado, George Shultz mantenía una pésima relación con el secretario de Relaciones Exteriores Bernardo Sepúlveda, pero nunca se le relegó en los asuntos que le incumbían. Shultz le llegó a manotear y Sepúlveda a responder —algo que no ha sucedido entre Derbez y la secretaria de Estado Condoleezza Rice-—, y el enviado especial Philip Habib llegó a venir a México para anunciar que iban a invadir Nicaragua, a lo que México se opuso enérgicamente. La presión contra México era enorme, y sólo se puede entender leyendo los mensajes secretos al Departamento de Estado del entonces embajador estadounidense en Honduras, John Negroponte, quien se encargó de organizar un ejército antisandinista desde Tegucigalpa y San José, Costa Rica. En documentos desclasificados por el Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Wa- shington, Negroponte aparece tan irritado como pujante para tomar acciones que impidieran que el pensamiento mexicano en la región, que “apoya a la estrategia nicaragüense” y que dominaba dentro del Grupo Contadora, prevaleciera, así como para que se rompiera la cooptación que la diplomacia mexicana había hecho con los costarricenses y guatemaltecos para que se sumaran al esfuerzo latinoamericano, aislando a Estados Unidos y Honduras. El activismo de Negroponte fue tal que cuando se pidió su beneplácito para ir a México, el gobierno de Carlos Salinas llegó a evaluar rechazárselo. Aquellos años 80 y 90 parecían más complicados para mantener la paz regional, en momentos en que Washington inyectaba dos millones de dólares diarios a El Salvador para impedir que derrocara la guerrilla al gobierno, y cubanos anticastristas, por órdenes de la CIA, desestabilizaban el aparato productivo nicaragüense y minaban sus puertos. La paz regional era importante para México no sólo por razones de ética política, sino porque los desplazados de los conflictos estaban llegando a México y provocando inestabilidad social en el sureste del país. En ese entonces había quintocolumnistas en México apoyando con dinero y armas a la contra, y sindicatos construyendo infraestructura logística. Reagan y su gobierno estaban tan obsesionados con “el comunismo” al final de la Guerra Fría, como su pupilo W. Bush lo está contra el terrorismo. La diferencia con ese entonces es que antaño Estados Unidos no necesitaba a México como hoy sí para que le ayude a salvaguardar su frontera sur del terrorismo. No era lo mismo batirse con la Unión Soviética y Cuba en Centroamérica, con México como un estado amortiguador, que con Al Qaeda, que tiene cara pero es invisible, y cuyo frente de guerra es multidimensional y penetra fronteras, sobre todo si son tan porosas como los tres mil 200 kilómetros entre México y Estados Unidos. Gavin se parece mucho a Garza. Los dos son amigos del Presidente estadounidense y de sus esposas, los dos tienen orígenes mexicanos y hablan español. No necesitan al Departamento de Estado para tener acceso a la Casa Blanca, aunque tampoco lo desdeñan. Ambos, también, son soldados al servicio de un proyecto político-ideológico en momentos en los cuales se sienten amenazados. Al gobierno de Miguel de la Madrid y al de Carlos Salinas —que condenó la invasión a Panamá que realizó George Bush padre— les organizaron campañas de inteligencia en los medios estadounidenses para ablandarlos por medio del descrédito, pero aún pese a su pronorteamericanismo, no se hincaron de una manera tan vergonzante como lo ha hecho Fox. Washington no necesita hacer nada en contra de su gobierno para doblegarlo. Es ocioso. Su espalda hacia el norte siempre está encorvada.
|