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Estrictamente personal
Raymundo Riva Palacio
06 de febrero de 2006

El proyecto Zedillo

La frivolidad con la que el aspirante presidencial puntero Andrés Manuel López Obrador habló del rector de la UNAM Juan Ramón de la Fuente como su principal candidato a la Secretaría de Gobernación en caso de llegar a la Presidencia, revigorizó la creencia que coloca al perredista como una pieza estratégica del ex presidente Ernesto Zedillo. De la Fuente es hechura política de Zedillo y hoy es un personaje clave de López Obrador para ganar adeptos en clientelas que no le son favorables. La vinculación planteada sibilinamente por López Obrador la semana pasada, apenas si dibuja lo que Zedillo significó para la construcción de la plataforma política de largo plazo del fuerte candidato presidencial, sugerida desde hace dos años, socializada en los meses recientes, y nunca desmentida por ninguno de los dos.

Pero en realidad, tampoco lo pueden. López Obrador sí es un proyecto del ex presidente Zedillo para neutralizar al PRI. Esto no es nuevo, sino que tiene ya cerca de una década de existir. ¿Significa por tanto que López Obrador tiene actualmente en Zedillo un promotor clave en su camino a la Presidencia? Nadie puede plantearlo con seguridad, y las únicas señales son las que dan, en la semiótica de la política mexicana, ambas figuras. La última fue, por supuesto, el destape del doctor De la Fuente, quien durante meses ha coqueteado y se ha dejado seducir por López Obrador. De la Fuente era un reconocido académico de la UNAM, y por razones estrictamente médicas tenía relación con la familia Zedillo, en particular con la esposa del presidente. Zedillo lo hizo su secretario de Salud y era uno de los muy pocos miembros del gabinete que tenían una relación fraternal con el hosco mandatario. Cuando un largo conflicto en la UNAM no cesaba y amenazaba con alterar el proceso electoral, Zedillo le pidió a De la Fuente que asumiera la rectoría y resolviera el problema, emocionándolo con la posibilidad de ser candidato del PRI a la Presidencia. Se quedó en la UNAM donde, si bien como afirma, mantiene relaciones con todos los candidatos, difícilmente ninguno ha tenido una relación política más intensa con él que López Obrador, quien no ha dejado de ofrecerle un futuro junto con él.

Zedillo no olvida a De la Fuente, con quien se ha reunido en varias ocasiones durante los últimos años, y con quien mantiene una relación de amistad. Pero De la Fuente no fue ni es su proyecto político. Los ojos de Zedillo se encuentran en López Obrador, como han comprobado empresarios mexicanos en los últimos meses. El último botón fue en el reciente Foro de Davos, en Suiza, donde Zedillo fue un activo participante como director de un Centro de Globalización de la Universidad de Yale y persona cercana al secretario general de la ONU, Kofi Annan. Zedillo, quien moderó una mesa, también participó en una sesión sobre México y Brasil moderada por Felipe Larráin Bascuñán, un reconocido economista de la Universidad Católica de Chile, quien en una parte de sus intervenciones recordó que este año había elecciones en México, pero subrayando que sería entre dos candidatos, López Obrador y el panista Felipe Calderón. Uno de los empresarios mexicanos asistentes le recordó que también había un priísta, Roberto Madrazo, en una intervención que de acuerdo con testigos, motivó un gesto de desaprobación de Zedillo. ¿Por qué pudo haber sido? Responder sería entrar totalmente al terreno de la especulación. Sin embargo, hay una conexión. Hace pocos meses, empresarios que platicaron con él en Estados Unidos, escucharon de Zedillo que la única persona que tenía posibilidades de llegar a la Presidencia era López Obrador, y que en el aspirante perredista se encontraba el futuro de México.

La mayoría de ellos, que ven en López Obrador un enemigo de las leyes y de sus intereses, se quedaron sorprendidos. No deberían estarlo tanto si recordaran lo que hizo Zedillo por el tabasqueño, a quien introdujo en la política Ignacio Ovalle, un hombre hecho por el ex presidente Luis Echeverría -el enemigo común de López Obrador, Zedillo y Echeverría se llama Carlos Salinas-, cuando decidió correr suerte en la política nacional. Con escasos seis meses de residencia en el Distrito Federal, López Obrador se lanzó como candidato al Gobierno del Distrito Federal. Desde el PRD cuestionaron la ilegalidad de la candidatura, y el PRI elaboró un extenso documento jurídico probando lo mismo que entregó en Los Pinos. Zedillo le ordenó al PRI que se callara la boca y congeló el expediente. Pero no quedó ahí.

Para evitar otras sorpresas, instruyó al entonces secretario de Gobernación Francisco Labastida que detuviera una serie de demandas penales en contra de López Obrador, presentadas por sus marchas de Tabasco al Distrito Federal durante las cuales, por un lado, lo acusaron de provocar daños a la nación -en vías de comunicación-, y por el otro de incendiar autobuses de pasajeros. También se impidió que copias de los cheques que le entregó durante el gobierno salinista el entonces secretario de Gobierno del Distrito Federal -y hoy candidato del PRD al gobierno capitalino-, Marcelo Ebrard, para que levantara los plantones en el zócalo, y copias de las facturas de un restaurante de donde enviaban los alimentos a los petroleros en paro que había movilizado, tuvieran un destino público.

López Obrador ganó el Gobierno del Distrito Federal, desde donde construyó su plataforma para la Presidencia. Producto político del echeverrismo, López Obrador logró alcanzar la posición en la que se encuentra exclusivamente por la intervención de Zedillo. No sería nada sin el sometimiento del PRI y de su gobierno para que no actuara en su contra, y hoy se encuentra el ex presidente en una campaña informal en el extranjero, convenciendo a propios y extraños que se olviden del PRI y del PAN, que la persona que debe encabezar el próximo gobierno es López Obrador. En él finca su futuro, por cuanto a las reformas económicas pendientes y, quizá, los ajustes de cuentas aún por cobrar.


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Reconocido periodista y analista, Raymundo Riva Palacio ha obtenido dos Premios Nacionales de Periodismo. Durante su fructífera carrera, ha escrito para numerosos periódicos de México, España, Canadá y Estados Unidos. Es autor de "Centroamérica: la guerra ya empezó", "Más allá de los límites: ensayo para un nuevo periodismo", y coautor de "Aún tiembla" y "La cultura de la colisión". Su último libro se titula "La prensa de los jardines". Actualmente es director editorial de El Gráfico, El M, y coordinador de asuntos internacionales de EL UNIVERSAL.
 
 

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