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Match PointLa añeja costumbre de traer para la Muestra Internacional de Cine alguno de los filmes de Woody Allen se ha perdido desde hace algún tiempo. Sin embargo, la producción de 2005 del director neoyorquino, Match Point, que para la cartelera nacional tiene el poco atractivo título de La provocación, se proyectará al mismo tiempo en el que se desarrolla la XLVII Muestra. Match Point tiene distintas razones para volver a Woody Allen, pese a que en algunos de sus últimos trabajos ha sido más bien irregular. Por un lado, es la primera ocasión en la que el neurótico neoyorquino, amante a ultranza de Manhattan, deja su ciudad fetiche y se traslada al viejo continente para rodar en su totalidad en Londres. El segundo aspecto de interés es saber cómo dirige y escribe una obra en la que sus habituales obsesiones (Nueva York, los judíos, los sicólogos) no están presentes. Un elemento también interesante lo constituye el hecho de trabajar con una forma distinta de hacer cine, como la que tienen los ingleses, tradición añeja y establecida. Woody Allen ha trabajado a lo largo de su carrera con distintos actores y actrices británicos, pero lo había hecho haciéndoles ingresar en su hábitat neoyorquino y dándoles papeles en los que las neurosis repetidas del director y sus personajes eran parte de una trama donde la personalidad de los invitados se diluía para servir a las apuestas del director. Michael Caine, Hugh Grant, Kenneth Branagh, Charlotte Rampling, Claire Bloom, Chiwetel Ejiofor, Helena Bonham Carter y Jonny Lee Miller, entre otros , han aparecido en distintas obras de Allen, pero lo han hecho en calidad de invitados a una realidad ajena, a una forma de trabajo que no es la habitual. Allen ha confesado que rodar totalmente una película en Londres, con un sabor típicamente inglés, le generaba algún temor, sin embargo suponía “una maravillosa oportunidad para explorar la amplia gama de talento dramático de la comunidad de actores británicos”. El director llevó a Londres a sus colaboradores más habituales (productora, coproductora, editora, directora de reparto) y se decidió por una actriz estadunidense, Scarlett Johansson, para el papel central. El despojarse de sus obsesiones más frecuentes no hizo que Allen dejara de lado una de sus aristas, la de la tragedia humana y sus protagonistas. Eligió como metáfora el sentido del trabajo de un tenista, que por azar o suerte puede ganar o perder un partido por una milésima de segundo, y crea un guión redondo en el que la premisa “prefiero tener suerte a tener talento”, y un poco de control de los movimientos, da el “toque” a un personaje arribista que se incrusta en la alta sociedad londinense. El tema de que todo se vale con tal de ganar es lo que impulsa al personaje protagónico, Chris Wilton, actuado por Jonathan Rhys Meyers, quien con diversas estrategias y mucha falta de escrúpulos va tejiendo las redes de un retrato social contundente, creíble. A lo anterior, se añade un trabajo impecable de diseño de producción en el que sobresalen espacios simbólicos como la pinacoteca Tate Modern, parques emblemáticos como el St. James, exteriores como los barrios de Notting Hill, Chelsea o Covent Garden, y casas de campo de Buckingham. Woody Allen se ha despojado de algunas de sus obsesiones y ha arrastrado con él otras. Una de éstas es el trabajo con la música como correlato. Ha dejado fuera el jazz para inclinarse por algunas composiciones operísticas, sobre todo de Bizet y Verdi. Un nuevo Woody Allen con toques del tradicional para saltar a otros ámbitos y otros espacios.
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