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Ningún libro aburrido vende más de 40 millones de ejemplares en el mundo. El ejemplo más reciente de esta afirmación es el thriller
El código Da Vinci (Barcelona, Umbriel), del estadounidense Dan Brown. Las 557 páginas de esta novela de suspense -con una trama policiaca y de especulación histórica, hagiográfica, bíblica, artística y aun mitológica-, se leen del modo más ágil, gracias a los guiños efectistas de un narrador que sabe captar la atención de su público bajo el principio rector del morbo literario que él mismo revela, con una frase que no admite discusión, en la página 469 del mismo libro: "A la gente le encantan las conspiraciones". Dan Brown es una máquina perfecta de la industria del best seller. Siembra dudas y especulaciones en torno de las motivaciones políticas de la Iglesia; establece relaciones simbólicas en las obras maestras de la pintura, como las de Leonardo da Vinci (La Mona Lisa, La última cena, La Virgen de las Rocas, El hombre de Vitrubio, etcétera) y otros grandes artistas y pensadores (Boticelli, Newton, Nodier, Victor Hugo, Debussy, Cocteau, ¡y hasta Walt Disney!) que algo han tenido que ver, presuntamente, con los Caballeros Templarios, el Priorato de Sión y el Santo Grial. Si como ha comprobado fehacientemente Brown, a la gente le encantan las conspiraciones (en las que el Vaticano, el Opus Dei y, en general, la Iglesia Católica se han dedicado a esconder las claves de una presunta "gran verdad" que pondría en peligro sus preeminencias y sus poderes), El Código Da Vinci no podía ser sino el éxito de ventas que ha resultado ser, gracias desde luego a una narración amena, porque el principio de todo libro de éxito masivo reside precisamente en no aburrir a sus potenciales lectores. De ahí a concluir que éste es un gran libro hay por supuesto mucho trecho: El Código Da Vinci no es una gran novela; es sólo un entretenimiento lleno de lugares comunes, con unos diálogos bobos por momentos y, eso sí, con todos los ingredientes del buen best seller: intriga, poder, crimen, enamoramiento, secretos más o menos nebulosos, riesgos, acertijos y un gran etcétera de procedimientos que lo mismo conoce J.K. Rowling, para Harry Potter, que Stephen King, para sus múltiples libros ampliamente solicitados por el público. En estos terrenos nadie podría negarles sus maestrías. Y aunque el italiano Umberto Eco ya desdeñó a Brown como "un intrigante que propaga informaciones falsas y se enriquece de material de descarte", habría que señalar que hay una buena cercanía entre El Código Da Vinci y El nombre de la rosa, en cuanto a sus procedimientos y alcances, y que la diferencia más evidente reside tan sólo en los latines con que Eco quiso dignificar su novela tan especulativa como la Brown, latines que por lo demás muy pocos leyeron porque están fuera de lugar en un best seller. Lo que no debe desdeñarse es el interés legítimo de los lectores que han hecho de Brown uno de los escritores más leídos en el mundo. El gran escritor húngaro Stephen Vizinczey ha afirmado con gran lucidez que "ningún escritor ha logrado jamás complacer a lectores que no estuvieran aproximadamente en su mismo nivel de inteligencia general, que no compartieran su actitud básica ante la vida, la muerte, el sexo, la política o el dinero". Por ello, "el best seller más ramplón tiene una cosa en común con una gran novela: ambos son auténticos". Sólo los que olvidan esto desprecian moral y estéticamente a los lectores de best sellers. La lectura no es jamás un acto sin contexto, y Dan Brown y El Código Da Vinci son la más palpable prueba de ello.
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