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Mis partecitas
Supongo que ir a una exposición por su título es tan engañoso como comprar un libro por la portada; pero Mis partecitas -que es el nombre de la exposición a la que me voy a referir- me resultó irresistible. Una muestra con un nombre tan sugerente y perverso no podía ser más que de mujeres artistas, jóvenes y sofisticadas, que si no necesariamente son feministas, por lo menos están conscientes de los vericuetos del sexismo en el mundo de las imágenes. Que inauguraran un 14 de febrero me confirmó lo que sospechaba: su dosis de ironía y humor negro es fuerte. La exposición entera, cuya curaduría es de Raúl Ruiz Arriaga, emana feminidad. Está habitada por el cuerpo de la mujer, por la idea cultural de lo femenino y por sus mitos. Su materia prima son los estereotipos femeninos en el arte y los medios de comunicación. Sin embargo, a lo largo de estas obras de arte subyace la mirada socarrona, a veces ácida, de quienes pertenecen a esa cultura, evaden sus trampas y la cuestionan con sus propias armas. Estamos ante los estragos de la falsa inocencia, hábilmente descuartizada por cuatro virtuosas de la imagen. Las fotografías de Paulina del Paso nos reciben al entrar a una casona vieja y afrancesada en donde está la Galería Florencia Riestra. El lugar es ideal. En este espacio aún habitan los fantasmas de damas elegantes, de faldas largas y cabelleras onduladas recogidas en chongos engalanados con flores de sutil erotismo. En las fotos de Paulina vemos los mismos peinados complejos y sensuales, sólo que adornando vulvas. Eso sí, en sus acercamientos frontales, los núbiles desnudos femeninos mantienen sus piernas pudorosamente cerradas. Los dibujos de Verónica Cardoso me dejaron fría. Son sencillos, chiquitos y perversos. En uno de ellos vemos a una niña dulce con un cordón en la mano al que está atado de la pata un osito de peluche que se tapa los ojos, insinuando secretos y complicidades. A otras pequeñas las derrite, las mete a una licuadora o las hace que se corten los dedos. Es la infancia confrontada, transformada, derretida. Daniela Edburg trabaja la imagen digital de gran formato. Sus paisajes tienen la belleza de una tierra generosa que supuestamente representa a la mujer. Ella recrea la naturaleza idílica de las grandes obras de arte. Sus títulos se refieren a cuentos infantiles o a fechas románticas, como el 14 de febrero. Pero toda esta ilusión se desmorona cuando vemos que en cada paisaje, en un plano frontal, la protagonista de sus historias es una niña o una mujer joven tirada en el suelo. La colocación del cuerpo o los objetos que la rodean hacen que parezca que están muertas y con las tripas de fuera. En sus obras chocan los sueños y las pesadillas, la belleza y el horror. Por último está María José Cuevas, que utiliza imágenes de películas de Walt Disney como Blanca Nieves o Cenicienta, toma algunos fragmentos y los reedita para resaltar su dramatismo. Vemos al príncipe tratando de atravesar a golpe de espada una maleza que crece cada vez más violentamente o la joven inocente desmayándose una y otra vez cayendo en un pozo sin fin. Después les contrapone las dulces canciones de amor de esas mismas películas que acompañaron tantas de nuestras infancias, partiendo de tajo cualquier ilusión que estas historias trataron de hacernos creer algún día. Esta exposición me encantó, pero me deja con una duda. Desde los años 60 y 70 del siglo pasado las artistas empezamos a crear imágenes contra el sexismo en el arte y los medios. ¿Sigue siendo necesaria la lucha o se ha puesto de moda el camino abierto hace cuatro décadas? *Artista visual www.pintomiraya.com.mx
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