El Universal Columnas
El Universal Universal, ElUniversal, México, Mexico, DF, Periódico, Periodico, Noticias, Información, Informacion, Clasificados, Avisos, News, Newspaper, Information, Editoriales, Columnas, Internacional, Nación, Nacion, Estados, Ciudad, Finanzas, Deportes, Espectáculos, Espectaculos, Cultura, Galería, Galeria, Clima, Horoscopos, Aviso, Oportuno, Dinero, Fotogaleria, Ocio, Especiales, Compras, Entretenimiento
 
 Buscar en: 
  
 
   
    Crónicas Neuróticas
Rafael Pérez Gay
10 de septiembre de 2007

Los que pueden subir a los tinacosco

Amanecimos sin una gota de agua. Me propuse como vo-luntario para subir a la azotea y averiguar la causa de la sequía. Yo tenía fundadas sospechas de que el asunto iba por el lado del flotador del tinaco. En casa nadie admitió mi iniciativa. De un tiempo a esta parte la familia desconfía de mis habilidades para el alpinismo. Lo cierto es que no es suficiente subir al techo de la casa de usted. Para llegar a los depósitos hay que aprender a rapelear y no temer a las alturas. Podría resumir mi primera juventud en esta imagen: amanecíamos sin agua, yo me ponía los tenis azules, subía por la escalera de metal, caminaba por la azotea, me detenía frente a la ventana del cuarto de servicio y ahí hacía mis primeros cálculos. Como muchas cosas simples, la operación encerraba sus riesgos. Primero había que subirse al techo de la casa del perro, de ahí impulsarse para alcanzar el dintel de la ventana, luego apoyarse en el marco de hierro y desde ahí subir los brazos hasta alcanzar el techo del cuarto se servicio. Allá arriba están los tinacos. No me pregunten porqué el arquitecto no diseñó una de esas escaleras pegadas a los muros. Me gustaba alcanzar el punto más alto de la casa. Una vez en la cima destapaba el tinaco central que abastece a los tres periféricos y movía el flotador del automático, parte imprescindible sin la cual la bomba no surte desde la cisterna agua hacia las alturas. Decía entonces que en casa se negaron a que yo escalara y alcanzara la cúspide e indagara la falta de agua.

—Dejemos que lo haga el plomero —me dijeron, pero yo me di cuenta de que me han perdido la confianza.

Tal vez se preocupan por mis canas un tanto prematuras. La verdad yo me sentía perfectamente capaz de plantar la bandera de mis cincuenta años en la parte más alta de la casa. Al final todos buscamos nuestra propio momento culminante, el Iowa de nuestra vida.

Tocaron a la puerta.

—Soy el plomero.

Abrí y vi a un joven obeso con una gorra de los Yankees y una mochila manchada de grasas antiguas. La grasa es como una medalla para los plomeros; más aún, la grasa es para ellos como un diploma. De inmediato me quejé:

—El plomero es un gordazo. No llega ni de milagro al techo del cuarto de servicio. Voy a tener que ayudarlo y me voy a romper dos vértebras.

—Sí puede, ya vino otras veces. Además creo que tiene diabetes, por eso está gordo.

Me revelé:

—¿Me impides a mí subir al techo y se lo permites a un diabético? Tienes alma de asesina.

—Tú no eres plomero.

Tenía razón, no soy plomero. Acompañé al gordo a la azotea y le expliqué la forma en que tenía que plantar su bandera en la cima de la casa.

—Ya entendí —me dijo harto de mis indicaciones.

Se subió con trabajos al techo de la casa del perro. En dos segundos se colapsó el techo con todo y gordo. Se quejaba de un dolor en la pierna mientras salía del interior de la casa del perro. Me dijo:

—Sentí que me iba hasta abajo. ¿No tendrá una escalera?

—En el garage.

La escalera no tiene la altura del muro, apenas llega a la ventana. De ahí en adelante la subida es a la antigüita.

—¿No tiene una más grande?

—Nos gustan las escaleras pequeñas —en esto no mentí, además dónde meteríamos una escalera de bomberos.

Después de hacer un esfuerzo sobrehumano, el plomero plantó su bandera en la cima. Destapó el tinaco surtidor y dijo desde lo alto:

—Está fallando el automático. Hay que cambiar el flotador y los tapones.

El plomero realizó toda la operación que he descrito antes para bajar del techo e ir a comprar las nuevas piezas, lo único que no repitió fue la destrucción total de la casa del perro. Dos horas después el plomero declaró su triunfo hidráulico y nosotros tuvimos agua. Ahora los plomeros cobran por hora, como abogados de Manhattan. El agua corriente no despejó dos problemas serios: en tiempos de agua el perro se ha quedado sin casa y yo no sé en qué alturas podré plantar mis banderas. Esto es todo lo que obtuve con mis buenas intenciones.

 
BÚSQUEDA
Autor:  
Columna:
 

PERFIL
 
Mezcle una pizca de nostalgia, un tajo de psicoanálisis, dos cucharadas de humor, un kilo de letras francesas y una fuerte dosis de pasión; sáquelas todos los días a las calles del DF, ¿y qué sale? La crónica urbana, neurótica e irónica, de un capitalino de 48 años que se confiesa exasperante y exasperado por la vida en la gran urbe a la cual, no obstante, dice ser ?adicto?.

Es experto en la diatriba, pero en este espacio busca más bien mantener una conversación con el lector y componer una especie de elegía de la Ciudad de México y de la vida cotidiana en la que el teléfono celular se convierte en un talismán para conjurar (a duras penas) la inseguridad y el miedo.

?Habría que escribir una Oda al celular?, dice este autor de varios libros que, en el pecado de vivir en la Condesa lleva su penitencia: lidiar con lavacoches, traperos, valet parkings y restauranteros.

 
Columnas anteriores
 
La torre y la disputa 2007-08-27
 
Todo está bien, no se malviajen 2007-07-16
 
Clases de manejo 2007-07-16
 
La firma electrónica 2007-07-02
 
Tres asuntos imposibles 2007-06-18
 
 
- A   A   A +
El UNIVERSAL | Directorio | Contáctanos | Código de Ética | Avisos Legales | Publicidad | Mapa de sitio
© Queda expresamente prohibida la republicación, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL