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    Crónicas Neuróticas
Rafael Pérez Gay
24 de septiembre de 2007

La edad de oro

La revista venía dentro de un periódico de circulación nacional. El título me atrajo como las traiciones a los desleales:50: LA EDAD DE ORO. La portada no me desanimó, cuando me arrodillo ante la curiosidad desaparece la prudencia. Cinco hombres sonrientes alrededor de una motocicleta me miraban desde el papel couché de 210 gramos. Un asco. Para la fotografía se pusieron sus uniformes de motociclistas de montaña, azul y rojo. Los cinco cargaban en las manos modernos cascos grises con visores que me recordaron las escafandras que se usan en las expediciones submarinas. Dos de ellos peinaban canas, los otros dos no peinaban nada, perdían el pelo a velocidades de pánico. Creo que mientras yo veía la foto uno de ellos lloró por el cataclismo capilar de la alopecia. Dos usaban lentes y uno ostentaba un grueso bigote blanco, la bandera de rendición de los que caminan en el filo de los 50. El más sonriente se había pintado el pelo esa mañana, la barba roja le daba un toque de vikingo invencible. Ellos son los señores García (50 años), Pérez Gavilán (50 años), Peterson (57 años), González (50 años) y Gómez (52 años). Todos pertenecen al Club de las motocicletas BMW, caballos de acero bruñido y precio de escalofrío. Entrevistados por el editor, todos aseguraron sentirse satisfechos con su pasión otoñal. Gómez declaró: “A los 25, le echas años a tu vida. A los 50 le echas vida a tus años. Nunca fui de traer una Harley, pero sí una moto japonesa. Anduve muy duro y me vestía con trajes de piel. Traía el escándalo con el escape abierto”. Las estupideces que dicen los estúpidos, pensé.

Me sentí desprestigiado. La gente cree que los cincuentones hacemos cosas súbitas y sorpresivas para ahuyentar al fantasma de la vejez: comprar motocicletas para devorar carreteras, divorciarse inopinadamente y cortejar jovencitas de 18 años, iniciarse en el camino de los placeres homosexuales, consumir alcaloides como músico de heavy metal, tirarse al abismo del trago consuetudinario. Estas mentiras se cobijan a la sombra de este grito en la oscuridad: ¿Por qué aplazar los sueños hasta la vejez, cuando sea imposible disfrutarlos?

Pasé las páginas de la revista con el dedo índice. Lo primero que me encontré fue un anuncio de pañales para adultos. Me puse a temblar, ¿a partir de los 50 sobrevienen los problemas de incontinencia? ¿A esto se refería mi madre cuando me dijo que la madurez era una época de plenitud? Leí el texto publicitario: “uno de cada ocho hombres tiene pequeños goteos de orina y lo niega”. Encima de incontinentes, mentirosos. Esos hombres son impresentables, y si se presentan, llevarán la vergüenza de la gota indeleble en el pantalón, debajo de la bragueta. No pude evitarlo: me revisé. No había nada, está bien, ¿pero por cuento tiempo? Por extrañas razones, el anuncio quebró mi seguridad en cuatro pedazos, ahora no sé si debo ganarle tiempo al tiempo y adquirir el Tena for Men, la unitoalla parecida a las conchas que usan los deportistas.

Otra página. Un hombre sufría frente a mí con un gesto de dolor, desolación y a un lado del siguiente texto: “¿Incomodidad? Usted no tiene porqué aguantar las molestias del estreñimiento: si sufre dificultades para evacuar, conocemos su problema y estamos con usted. Los supositorios facilitan la evacuación suave gracias a su fórmula a base de glicerina”. Antes de saltar desde el farallón del Senosian leí casi sin darme cuenta esta amenaza: “Glaucoma, ceguera silenciosa”. El relato que venía a continuación era estremecedor, por eso lo cito en extenso: “A veces no me doy cuenta de lo que tengo a mi alrededor. Hoy me levanté de la cama con un dolor muy intenso en la cabeza y me puse la pantuflas. Me dirigí al baño y cuando iba en camino no vi una silla y me golpeé fuertemente. Me enojé tanto que le reclamé a mi esposa el descuido pues la silla estaba fuera de su lugar. Mi esposa volteó y me dijo: ‘Juan, la silla siempre ha estado en ese lugar’. Así empezó el glaucoma que me diagnosticaron a los cincuenta y tres años”.

Después de leer esta historia me sometí a pruebas desesperadas que diseñé yo mismo. Caminé con paso veloz por el cuarto para ver si me tropezaba con algo o alguien. No atropellé a nada ni nadie. Di tres saltos, no me caí. Luego me obligué a tomar con rapidez del escritorio un libro, una taza, un bolígrafo, en fin, mi campo visual parecía estar libre de oscuridades. Por cierto, algunas esposas sí mueven las sillas de su lugar para que los maridos se tropiecen, no todas tienen el corazón de la mujer de Juan. Hay histéricos capaces de imitar cualquier enfermedad, pero no creo ser uno de ellos. Aun así pregunto: ¿los cincuentones son seres que avanzan en sus motocicletas rumbo al abismo?

La revista anunciaba desde luego Viagra, para redescubrir la intimidad con tu pareja, y dietas para bajar cuatros kilos en una semana. Me enteré también de que la eterna juventud puede lograrse a través de la toxina botulínica y el ácido hialurónico, esas sustancias que se inyectan algunas mujeres para rellenar ciertas áreas del rostro y eliminar las arrugas. El procedimiento se parece al repellado con el que los albañiles alisan los muros. Necesitaba un pensamiento fuerte para evadirme de los instrumentos naturales de los cincuentones. En mi mente seguían todavía la moto BMW, el pañal, los supositorios, el tinte para el pelo, el glaucoma, las arrugas. Mientras leía el periódico de circulación nacional di con ese pensamiento liberador: el mundo, el país, mi ciudad, todo es una mierda.

Perfecto, a otra cosa.

 
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PERFIL
 
Mezcle una pizca de nostalgia, un tajo de psicoanálisis, dos cucharadas de humor, un kilo de letras francesas y una fuerte dosis de pasión; sáquelas todos los días a las calles del DF, ¿y qué sale? La crónica urbana, neurótica e irónica, de un capitalino de 48 años que se confiesa exasperante y exasperado por la vida en la gran urbe a la cual, no obstante, dice ser ?adicto?.

Es experto en la diatriba, pero en este espacio busca más bien mantener una conversación con el lector y componer una especie de elegía de la Ciudad de México y de la vida cotidiana en la que el teléfono celular se convierte en un talismán para conjurar (a duras penas) la inseguridad y el miedo.

?Habría que escribir una Oda al celular?, dice este autor de varios libros que, en el pecado de vivir en la Condesa lleva su penitencia: lidiar con lavacoches, traperos, valet parkings y restauranteros.

 
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