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    Crónicas Neuróticas
Rafael Pérez Gay
08 de octubre de 2007

El rincón de una cantinarosis

Voy de adentro hacia fuera y del pasado al futuro. Conocí la cantina El Ku-kú a mitad de los remotos años 70, cuando ocupaba dos pisos en la calle de Coahuila casi esquina con Insurgentes. Me uní a un grupo de amigos que realizaba extraños viajes interiores en una de las mesas de la planta baja. Inducidos por el tequila y la cerveza, mezclados con instinto homicida en submarinos, las inmersiones nos llevaron a estados alterados de los cuales apenas guardo memoria. A esas alteraciones de la conciencia atribuyo recuerdos estrafalarios del final del sexenio de Luis Echeverría: la paridad a veinte pesos por dólar, las constantes acusaciones de empresarios que juraban que el presidente conducía al país hacia el socialismo cuando en realidad iba al abismo financiero y a la primera crisis económica de las varias que nos arrasarían con sus tempestades de encarecimiento y bajos salarios.

No fuimos a Francia, nos quedamos en El Ku-kú. Nunca viví en París como dictaba la norma de los jóvenes aspirantes a la leyenda literaria. En consecuencia no tengo recuerdos de una chambre inmunda del Quartier Latin. Otros amigos acopiaron la munición de la aventura y el dinero que yo no tuve y se fueron a vivir a París. Me mandaban cartas con noticias de sueños cumplidos mientras yo me moría de envidia, entregado a la pobreza del encierro local y atravesaba la calle de Insurgentes para llegar al Ku-kú. El pesado de Hemingway colaboró como nadie a la mitología de París. Según él, “quien ha tenido la suerte de vivir en ella cuando joven, luego París lo acompaña, vaya a donde vaya, el resto de su vida”. Nunca me acompañó París a ninguna parte y admiro los libros de Hemingway tanto como deploro al bufón en el que se convirtió desde muy joven. Miento, París sí me acompañó a alguna parte: al Ku-kú. Sedentario o viajero, los dos caminos de nuestra juventud. Sin poder elegir, un día recorrí la monotonía del primer sendero. Cualquiera diría que los sedentarios encuentran su lugar sin agobios, pero la verdad es que nunca, ni en mi propia casa, me sentí en casa.

Toda esta historia francesa empezó el día en que una mujer entrada en los 60, de baja estatura, de pelo negro tocado por algunas canas, delgada y con la mirada de la revelaciones en los ojos me dijo:

—El que no sabe otro idioma está perdido —era un consejo y una orden de mi madre—: hay clases gratuitas de francés en la Sala Chopin. Mañana empiezas.

Hacemos muchas cosas sin saber nada. Esa nada me mantuvo años en el Instituto Francés de América Latina donde llegué a cursar la locura del primer semestre de la Sorbonne, que consistía en estudiar desde México el sistema educativo francés. Más tarde hice la carrera de Letras Francesas en la Universidad Nacional. Luego vino la pelea a muerte con la civilization française. Nunca entendí ese pleito, a los veintitantos todas las riñas son inexplicables. Así me alejé de la leyenda del sorbonnard y me acerqué a la memoria mexicana, cuando decidí cambiarme al mundo sepia de los periódicos viejos y amarillos que se deshacían entre los dedos, a la corriente subterránea del pasado. Todo esto ocurrió en El Ku-kú, por eso dije que iría de adentro hacia fuera y del pasado al futuro.

A mí me dio por entregarle mi tiempo a la obra de Samuel Beckett. Leí el teatro, la novela y la poesía. Una tarde me escapé al Ku-kú para sostener un tête-à-tête con la poesía francesa de Beckett. No se rían, así eran las cosas en esa época. En una mesa intenté mis primeras versiones del oscuro y difícil cuerpo poético beckettiano. Elegí un poema y trabajé con la esperanza de estar sentado no en El Ku-kú sino en una mesa del Café de la Paix, o en el Café de Flore, o en el Café Aux Deux Magots. Mi traducción quedó así:

vienen

otras y las mismas

con cada una es distinto y parecido

con cada una la ausencia de amor es otra

con cada una la ausencia de amor es parecida

Esa tarde bebí brandy. Me cayó como bomba y me fui a mi casa con gastralgia. En la esquina de Insurgentes, frente a la tienda Woolworth, los periódicos de la tarde informaban que se había descubierto en el centro de la ciudad un monolito prehispánico, la Coyolxauqui. El regente de la ciudad ordenó que prosiguieran las excavaciones de las ruinas del Templo Mayor. No me pregunten por qué, pero mientras escribo estas líneas me he acordado de los nombres no de los escritores franceses a los que me aficioné en esos años sino, cosa rara, de éstos: Eugenio Méndez Docurro, Alfredo Ríos Camarena, Fausto Cantú Peña. Los tres ladrones fueron acusados de fraude a la nación. La memoria es un capricho, las cantinas también.

 
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PERFIL
 
Mezcle una pizca de nostalgia, un tajo de psicoanálisis, dos cucharadas de humor, un kilo de letras francesas y una fuerte dosis de pasión; sáquelas todos los días a las calles del DF, ¿y qué sale? La crónica urbana, neurótica e irónica, de un capitalino de 48 años que se confiesa exasperante y exasperado por la vida en la gran urbe a la cual, no obstante, dice ser ?adicto?.

Es experto en la diatriba, pero en este espacio busca más bien mantener una conversación con el lector y componer una especie de elegía de la Ciudad de México y de la vida cotidiana en la que el teléfono celular se convierte en un talismán para conjurar (a duras penas) la inseguridad y el miedo.

?Habría que escribir una Oda al celular?, dice este autor de varios libros que, en el pecado de vivir en la Condesa lleva su penitencia: lidiar con lavacoches, traperos, valet parkings y restauranteros.

 
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