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    Crónicas Neuróticas
Rafael Pérez Gay
22 de octubre de 2007

Una ciudad perdida

Me puse a investigar sobre la ciudad de mis ancestros y acabé en la Ciudadela. El asunto es así: mi padre trató de inculcarnos el orgullo que sentía por sus mayores. Fracasó con rotundidad. De sus antepasados, él admiraba sobre todo a su abuelo, el general Pérez, un poco porque el pasado remoto le otorga a sus personajes un extraño respeto fantasmal, otro tanto porque significaba para él un pasado de alta reputación, la fragua del carácter a través de la disciplina. José María Pérez Recio, general divisionario y jefe del Estado Mayor de Bernardo Reyes, ministro de Guerra de Porfirio Díaz, fue un militar de carrera, formado en las mejores escuelas del norte del país. A finales del siglo XIX le encomendaron la misión de crear una reserva profesional de cuarenta mil hombres. Jugó su destino en la lealtad por Bernardo Reyes y corrió su suerte.

La primera sospecha de conspiración cayó sobre la figura del general Pérez Recio. Porfirio Díaz se sacudió la amenaza enviándolo a Europa como agregado militar. En 1899 partió en el barco Marqués de Comillas. Una urdimbre de intrigas conspirativas y ambiciones desaforadas llevó a Bernardo Reyes a abandonar el país en 1910. La lealtad en política es cosa de ingenuos. En ese año Reyes cedió a todas las exigencias de Porfirio Díaz, la primera y más importante, apagar los ánimos reyistas concentrados en clubes, periódicos, logias masónicas y enjundias públicas en busca de una candidatura a la presidencia de la República. Porfirio Díaz le pagó con el destierro en una larga misión en Europa para perfeccionar sus conocimientos militares. Reyes aceptó.

El general Pérez regresó a México enfermo. En el víacrucis de su salud derruida le amputaron una pierna. Murió en el año de 1911. El día de sus funerales, una turbamulta enfurecida impulsada por el vendaval de la guerra civil, arrebató la mortaja a los deudos y arrastró el cadáver del general por avenida Reforma. Uno de sus hijos, Carlos Pérez, recogió los restos mortales de su padre en Bucareli, donde estaba entonces El Caballito, emblema mayor de la ciudad de México, la estatua de Manuel Tolsá esculpida en honor del emperador Carlos IV. El señor Pérez que recogió los pedazos mortales de su padre, se dedicaba a vender armas. Hizo tratos con Villa, con Orozco, con todo aquél que pagara puntualmente y en efectivo.

Nadie lleva en sus baúles el documento firmado del día de su muerte. El general Pérez no regresó a morir sino a incorporarse a la insurrección de Bernardo Reyes y a entregar su adhesión militar al Plan de la Soledad, pero se le atravesó la muerte en el camino. Reyes regresó a México el 9 de julio de 1911; su derrota militar y política tardó cinco meses en volverse definitiva, en diciembre fue trasladado a una prisión militar de Santiago Tlatelolco. Otro militar, Félix Díaz, sobrino del dictador exiliado se había pronunciado en Veracruz. El país era un avispero de odios y levantamientos, la perfección del caos. El general Pérez no vivió la Decena Trágica, los 10 días de febrero de 1913 que ensangrentaron a la ciudad de México durante un golpe militar que terminó con el gobierno de Francisco I. Madero. La conspiración estalló el 9 de febrero, varios sectores de la guarnición de la capital se levantaron y liberaron a los generales insurrectos. Reyes perdió la vida en una refriega frente a Palacio Nacional; su hijo, Alfonso, escribió un poema, “Oración del 9 de febrero”, en memoria de la muerte de su padre. Diecisiete años más tarde, Reyes recuperó la figura paterna en una largo texto escrito en prosa y con el mismo título, pero no pudo o no quiso hablar a fondo de esos días. Los hijos hacen cosas extrañan cuando recuerdan a sus padres.

Victoriano Huerta y Félix Díaz se refugiaron en la Ciudadela. El embajador golpista de Estados Unidos en México, Henry Lane Wilson, vio en Huerta al hombre que podría restaurar el embrollo democrático de Madero, pero en realidad firmaron una carta de guerra y destrucción que se conoció como Revolución Mexicana. Todo lo que Victoriano Huerta sabía de los secretos militares se lo había enseñado su maestro, José María Pérez. El otro alumno destacado del general Pérez fue Felipe Ángeles.

Las fuerzas huertistas aprehendieron a Madero el 18 de febrero de 1913. Cuentan los historiadores que Huerta le preguntó a Wilson cuál sería el mejor futuro para Madero, “si enviarlo fuera del país o a un asilo de locos”. Wilson le respondió que “decidiera lo que considerara mejor para el país”. Al día siguiente, Madero y Pino Suárez fueron ejecutados contra un muro de la Penitenciaria. El primer sueño democrático de México terminó en un baño de sangre.

Traiciones, intrigas y balas; un general artillero, un contrabandista de armas, pronunciamientos, sublevaciones, la familia era de lo más interesante. Hemos venido a menos.

 
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PERFIL
 
Mezcle una pizca de nostalgia, un tajo de psicoanálisis, dos cucharadas de humor, un kilo de letras francesas y una fuerte dosis de pasión; sáquelas todos los días a las calles del DF, ¿y qué sale? La crónica urbana, neurótica e irónica, de un capitalino de 48 años que se confiesa exasperante y exasperado por la vida en la gran urbe a la cual, no obstante, dice ser ?adicto?.

Es experto en la diatriba, pero en este espacio busca más bien mantener una conversación con el lector y componer una especie de elegía de la Ciudad de México y de la vida cotidiana en la que el teléfono celular se convierte en un talismán para conjurar (a duras penas) la inseguridad y el miedo.

?Habría que escribir una Oda al celular?, dice este autor de varios libros que, en el pecado de vivir en la Condesa lleva su penitencia: lidiar con lavacoches, traperos, valet parkings y restauranteros.

 
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