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    Crónicas Neuróticas
Rafael Pérez Gay
28 de enero de 2008

Somos leyenda

df@eluniversal.com.mx

Hay hombres favorecidos por el azar. Soy uno de ellos. Los vientos ciclónicos que dejaron en tinieblas a más de 250 mil personas en la Ciudad de México sólo trajeron a mi casa cuatro horas de oscuridad. Somos afortunados. Otras colonias pasaron dos y hasta tres días sin luz. No quisiera presumir, pero el fenómeno que tiene nombre de película de presos, celda conectiva, no nos tomó desprevenidos en casa. Desde hace tiempo sé por experiencia que Luz y Fuerza no puede, ni podrá, suministrar energía eléctrica y ofrecer un servicio decoroso a sus millones de clientes cautivos. El asunto es para volverse loco pues no hay dónde quejarse, ni a quién exigirle la reparación de los daños que ocasionan los vicios de la empresa. ¿Ha intentado usted reportar algún desperfecto a la compañía de luz? Yo sí, y estuve a punto de arrancarme los pelos: “Bienvenidos a Luz y Fuerza del Centro. Si deseas reportar algún problema con el suministro de energía eléctrica marca…”. Ese es el umbral de un laberinto de números y voces del que es imposible salir sin haber sufrido un cataclismo psíquico.

No quiero hacerme publicidad con la leña de los árboles caídos durante el ventarrón, pero en mi libro No estamos para nadie conté mis desventuras con el fluido eléctrico. En un artículo relaté la historia del transformador de un poste de luz que estalla cada vez que los vientos del norte se abren paso hacia el centro de la ciudad dejando una estela de penumbras; en otro texto dejé constancia de que el alumbrado público falla en la calle donde vivo y nos hunde en el siglo XIX mexicano durante largas temporadas; en otro más dije que las tinieblas me persiguen. Volvieron las sombras la otra tarde, pero yo les tenía una sorpresa a ellas y no al revés.

Hace tiempo, la época en que escribí aquellos artículos, hice un viaje al Centro de la ciudad, a la calle de Victoria, y compré cuatros lámparas de apoyo en una tienda de electrodomésticos. Se trata de dos cilindros de neón que se conectan a los enchufes de energía y cargan una pila con dos horas de duración. Oro molido en emergencias catastróficas. Recuerdo que cuando regresé a la casa con mis lámparas todos se alarmaron. Pensaron que un hecho traumático había devastado mis facultades mentales. Hoy no me bajan de genio. En esa incursión también compré botas de hule hasta las rodillas e impermeables para uso rudo pues he vislumbrado que un día iremos a la oficina en canoa, pero esa es otra historia. Debo confesar que ante la imposibilidad de tener una planta de luz propia, la idea de las lámparas de apoyo ha sido de mi padre, quien lleva una larga vida, noventa años, prediciendo catástrofes inenarrables que acabarán con la Ciudad de México. A juzgar por las imágenes que hemos visto en la televisión y en la prensa, hay una alta probabilidad de que al final mi padre tenga razón.

Mientras mis amigos se daban de topes contra las paredes, en casa tuvimos cuatro horas de una luz más o menos aceptable. Manejadas con inteligencia, las lámparas pueden iluminar dos o tres habitaciones durante ese tiempo. La cantidad impresionante de velas que adquirimos desde hace meses en la tlapalería nos permitió convertir nuestra casa en una mansión del siglo XVII. Aún así deambulamos por las habitaciones como fantasmas desgarrando las tinieblas. Mi trato antiguo con las penumbras ayudó también a soportar la oscuridad. Ya he contado en esta página que en la casa de mi infancia tuvimos un apagón de nueve meses por no pagar la luz. Los empleados de Luz y Fuerza se llevaron el medidor y entramos en una era no de oscurantismo, pero sí de oscuridad.

Cuando me di cuenta por las noticias que reportaban los informativos radiofónicos de que la gravedad del asunto nos llevaría esa noche por un túnel negro como la calle en que habito, tomé la decisión de ver una película en la computadora. Hice chango y papa y revisé cuánto quedaba en la pila de la MacBook. Tres horas y media. Soy inmensamente rico, pensé. Puse el disco de la cinta Soy leyenda que me surtió mi marchante de la calle de López. Denzel Washington es el último hombre sobre la tierra y recorre las calles de Nueva York en las que pastan cervatillos. Un virus acabó con el género humano. No me impresionó. Nosotros sí somos leyenda. Vivimos en una ciudad que desaparece en oscuridades aterradoras, nos amenaza una inundación de proporciones similares a la de 1629, el agua potable sube a los tinacos sólo con bombas que funcionan con electricidad, nuestras calles son inseguras, los narcotraficantes se pasean entre nosotros. Cada vez es más común desayunar antes las imágenes de cuerpos sin cabeza. ¿No somos leyenda?

 
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PERFIL
 
Mezcle una pizca de nostalgia, un tajo de psicoanálisis, dos cucharadas de humor, un kilo de letras francesas y una fuerte dosis de pasión; sáquelas todos los días a las calles del DF, ¿y qué sale? La crónica urbana, neurótica e irónica, de un capitalino de 48 años que se confiesa exasperante y exasperado por la vida en la gran urbe a la cual, no obstante, dice ser ?adicto?.

Es experto en la diatriba, pero en este espacio busca más bien mantener una conversación con el lector y componer una especie de elegía de la Ciudad de México y de la vida cotidiana en la que el teléfono celular se convierte en un talismán para conjurar (a duras penas) la inseguridad y el miedo.

?Habría que escribir una Oda al celular?, dice este autor de varios libros que, en el pecado de vivir en la Condesa lleva su penitencia: lidiar con lavacoches, traperos, valet parkings y restauranteros.

 
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