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¿Por qué acabo hablando de Dios con Adriana Jiménez Moles, ahora popular por su personaje de “Superadela”, heroína que, toda vestida de negro —nació del petróleo y el chapopote, dice—, con capa y lentes oscuros grandes, canta rap en el movimiento de las brigadistas a favor de la defensa del petróleo? Cuando la contacté y le propuse que comiéramos, me dio dos opciones: vernos en The Green Corner, un restaurante en la Condesa o bien en su casa. Me explicó que para ella la comida es “medicina” y no lo hace en cualquier lado. Me intrigó y acepté ir a su casa. Cuando llego a su departamento en la Narvarte, no ha acabado de cocinar la sopa de miso, hamburguesas de soya, tabule de quinoa y ensalada con semillas de linaza. Comenzamos hablando de la comida mientras por ahí pasea su gata, Wilfrida. En la mesa de la sala hay varios libros: Teología para un nuevo milenio, de Walter Wink; Descubriendo el propósito de mi vida, de Editorial Colibrí, y un cuadernillo de derechos humanos, una laptop abierta y un bonche de hojas impresas. Jiménez Moles, de 34 años, es abogada y viene de una familia de prosapia legal. Su padre fue José Jiménez Gregg, magistrado de la Suprema Corte de Justicia. Su madre —con quien después puso un bufete laboral— es Isabel Moles y Escobar, quien fue la primera mujer que presidió la Junta Local de Conciliación y Arbitraje. Todos sus hermanos son abogados. La historia que Adriana cuenta de su vida reciente la marcan dos grandes golpes: una fuerte depresión provocada por cortar con un novio, que la llevó a la religión como ella la comprende, y una súbita enfermedad que la volvió, digamos, naturista-macrobiótica. Y hay que entender lo anterior para saber por qué hoy está en el movimiento amloísta, aunque ella diga que es al revés: que AMLO está en el movimiento de las mujeres. —Tuve un brote sicótico…, una crisis nerviosa de tanta depresión. Si yo te lo platico me vas a decir que estoy loca o que estaba drogada, pero en verdad así fue— dice como preámbulo. Relata que soñó que iba a una iglesia en la que la bautizaron. Al despertar fue y el padre que estaba oficiando misa, al cual nunca había visto, paró la ceremonia al verla entrar. Varias personas que estaban ahí le hicieron una imposición de manos. Ella sintió un gran alivio. Luego el padre le puso la mano en la frente y le dijo cosas muy personales. Reconoce que entonces se volvió una “fundamentalista” católica. A eso hay que sumarle que se sentía sola. A tal grado que, de churro, acabó en un curso de etapas cuatro y cinco de enfermos emocionales, tipo Alcohólicos Anónimos, sólo porque contactó al grupo por sesionar en una iglesia. Luego estudió un diplomado en teología en el Centro de Formación de Evangelizadores Laicos, en Coyoacán y encontró una respuesta a lo que buscaba en la Teología de la Liberación. Claro, no sin crítica, como ahora aborda todo, dice. Se desilusionó al ver cómo la Iglesia calló a sus maestros más progresistas. Al director de la institución, dice, lo “silenciaron” (voto clerical de silencio, precisa) por denunciar un caso de pedofilia. Otra transformación se dio hace un año, cuando un buen día le sobrevino algo, que algunos doctores diagnosticaron como “disautonomía del sistema nervioso central con intolerancia ortoestática”. Pasó por muchos tratamientos pero sólo se sintió bien hasta que llegó con un “naturópata” que le da unas gotas de hierbas —que no sabe qué contienen— y la instruyó en la comida sana: todo orgánico, tendencia macrobiótica. No compra alimentos en cualquier lugar. Parte de su comida la provee La Chinampa, una organización que tiene sede en internet, entrega a domicilio y se asegura de que los productos son frescos, provienen de comunidades indígenas, cosechados naturalmente, sin pesticidas. Además no compra ningún producto —por cuestiones ideológicas— del boicot de AMLO. Pero Adriana tiene su propia teoría con respecto a qué fue lo que le pasó hace casi un año que hizo que sintiera que se moriría: era mucho estrés y vivir de mentiras en su trabajo como abogada laboral. —En México gana quien acredita la mentira. Yo buscaba mucho la conciliación porque me causaba demasiado conflicto esto. Vi cómo se diseñó de tiempo atrás un sistema de evasión para el reparto de utilidades. Con pena te digo que fui parte de esas asesorías. Era la realidad de las pequeñas y medianas empresas para no tronar. Pero también vi como las transnacionales, las grandototas, se roban las utilidades gacho a través de outsourcing. Descubrió que ya no quería pasar todo el tiempo en el bufete que fundó con su mamá. Que mejor quería cantar, estar en el escenario con su amigo Ricardo Nicolayevsky, con quien fundó Cabaret Gutenberg, ahora Cabaret Anónimo. Tras su enfermedad, para no dejar de cantar, inventaron un espectáculo en el que ella era una diva enferma y salía con el oxígeno —que en verdad necesitaba— en escena. —Yo venía de la muerte para estar ahí ese día. Y venia de la vida para estar ahí ese día. Eran como las coordenadas de la vida y la muerte, es el momento, aquí y ahora. Una nueva dimensión se abrió para mí a partir de ese día. Como que quemé un chorro de karmas, ¿me explico? Ahora soy católica freelance. Creo que Dios sí está en el otro y el mal, el diablo, se manifiesta en las estructuras opresoras, no sólo capitalistas. Mi Dios es liberador, de perdón y reconciliación. No creo que ninguna religión tenga la verdad absoluta. Soy ecuménica. Dice que ha encontrado en el movimiento por la defensa del petróleo, una forma de evangelizar a través de su vida. —Necesitamos un cristianismo de la realidad. La fe debe interpelar al mundo y transformarlo. Mi forma de evangelizar es sin mencionar a Dios, ni a Jesús ni nada. Es tener un testimonio de vida que me resulte congruente, más de trabajo que de discurso. Estoy con los movimientos de izquierda primero porque soy creyente, antes que ninguna otra cosa… aunque no salga de “Supermonja”… aunque podría ser, ¿No? Estaría padre…— dice divertida. Para mí eso es evangelizar: tener la buena nueva de que podemos cambiar nuestro mundo aquí y ahora. Vamos a ver qué podemos hacer juntos. Nosotras no apoyamos a AMLO; AMLO nos apoya a nosotras A pesar de las grabaciones que escuchamos esta semana, ella dice que es al revés: es AMLO el que participa en su movimiento. —El movimiento es de nosotros, de la sociedad. Él debería estar abajo y nosotras en el templete. Debería gritar —lo piensa un poco—: “Es un placer estar con la mujer”. Si es el movimiento de AMLO, lo de las Adelitas valió madres. A veces (él) estorba un poco. Tiene un carisma impresionante, lo admiro mucho pero hay cosas que no me gustaron: yo no voté porque fuera él el presidente legítimo, me hubiera gustado que fuera el coordinador de la resistencia. Entiendo que no es perfecto; soy un apoyo crítico. Dice que está “enamorada” de las mujeres en las calles. De su creatividad, belleza, humildad, solidaridad, esperanza. Hasta les escribió una canción apenas anoche y me la canta, dice que tengo la primicia mundial: —Adela, mi adela chula/ que bonita estás hoy/con tu carita encendida/que te pusiste así por el sol/ adela, mi adela linda,/ya me voy al plantón/ a ver si con mi alegría/logro tumbar al usurpador… Al rato se pondrá su delantal de la brigada Las Gotas y me dará la información que se repartirá casa por casa. Acepta que eso le da miedo porque el sólo nombre de López Obrador polariza. —Algunas compañeras están viendo cómo hacerle, te dicen: mira, creo que ahora que vayamos de casa en casa, mejor no decimos de AMLO porque sí se pone muy mal la gente. ¡Lo más subversivo del planeta es irle a él! Recuerda el spot donde lo comparan con Hitler: —Hay gente que sí cree que es nazista, que hará lo mismo que Chávez. Se me hace una cosa histérica lo que tienen los medios. ¡El calentamiento global es culpa de López Obrador!— ironiza. Te iría mejor diciendo que eres terrorista y te metes cocaína. Llega el fotógrafo y se transforma en “Superadela”. Describe a su personaje: —Su kriptonita es la contradicción; su principal enemigo cualquier estructura opresora; su principal poder, la fertilidad a todo nivel, piensa gestar a nueva patria en su matriz llena de verdad, justicia, unidad y paz. Sus poderes: la alegría, el sentido del humor y la música. Tiene un casco de plumas y capa para volar a donde la llaman. Tiene el don de la ubicuidad. No aborrece nada ni a nadie, más que la simulación. El pelele le da compasión. Tiene poderes proféticos a través de sueños y análisis de la realidad. Y adelanta: viene la época en que la sociedad civil, en particular las mujeres, van a tomar el poder porque está harta de los partidos y los políticos. Pero antes, dice, hay que quitar la televisión que divida la sociedad del medio. katia.katinka@gmail.com .
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