| ¿Súbditos o ciudadanos? Cuando hace casi 22 años se perpetró el grotesco fraude electo-ral en Chihuahua bajo la presidencia de Miguel de la Madrid y la gobernación de Manuel Bartlett, resultaba claro que el camino de la defensa categórica del sufragio era la vía necesaria para transformar el régimen autoritario en una democracia pluralista. Esta convicción era compartida por esa porción de la sociedad que pugnó por abrir plenamente el espacio del ciudadano en la política mexicana. Transformar súbditos sumisos en ciudadanos conscientes era una tarea en la que convergieron el Partido Acción Nacional y sectores de la izquierda como el Partido Comunista Mexicano y el Partido Mexicano de los Trabajadores. La huelga de hambre de más de 40 días que sostuvo Luis H. Álvarez, uno de los padres fundadores de la democracia en México, conmovió a la opinión pública nacional y exhibió el grado de podredumbre del régimen político priísta y su decadencia. Aquel fraude electoral y la reacción cívica, aunados a la huelga de hambre que estuvo a punto de privarnos de Álvarez fueron una marca de fundación democrática. Otros sectores de la sociedad, entre ellos algunos de los que vivían anclados en la estructura corporativa del régimen sin importar si pertenecían a la derecha o a la izquierda y que se concebían como “sectores”, despertaron de su condición de súbditos y engrosaron las filas de los movimientos ciudadanos por la democracia. Sólo unos pocos, que hoy se disfrazan de demócratas, permanecieron en la idea de que había de fraudes a fraudes, dependiendo contra quién se cometieran. El fraude era injustificado si representaba la intromisión del gobierno entre los “sectores” que se alejaban de él, pero que defendían de todas maneras el valor del corporativismo. Pero el fraude era ‘patriótico’ si se practicaba contra la derecha, contra las oscuras fuerzas del mal que ‘pretendían’ el desmantelamiento de la Revolución Mexicana (o más bien de los restos de su cadáver). Para colmo, no fueron pocas las divisiones entre las fuerzas de izquierda en esa época, precisamente por las diferencias en torno a la defensa del sufragio. Por otro lado, para quienes creían que la lucha debía ser frontal, tajante e inmediata, el sistema ideado por Calles y Cárdenas reservaba plomo y rejas en no muy discretas abundancias. Pero, a fin de cuentas, se produjo lo irremediable: la declinación del decadente sistema político, agudizado por la iniciativa de modernizarlo acometida por Carlos Salinas de Gortari, ese héroe involuntario de la patria e inspirador de esa parte de la izquierda que hace su bandera política con los cadáveres de la Revolución aunque, eso sí, con los modernos métodos del clientelismo, la corrupción y la publicidad con cargo al erario público. A la declinación del sistema político del autoritarismo socialmente organizado han seguido los esfuerzos por construir su reemplazo, pero en esta empresa nos hemos detenido. Hay dos libros que exhiben brillantemente el atorón. Ricardo Raphael de la Madrid y Macario Schettino, compañeros de estas páginas, publicaron el año pasado Los socios de Elba Esther y Cien años de confusión, respectivamente. El primero es una excelente descripción del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y sus incrustaciones en el sistema político, y, desde luego, del poder que se ha construido bajo el patronazgo de la maestra. El segundo es una síntesis soberbia de la obra y el espíritu de ese fenómeno mitológico denominado “Revolución Mexicana”: el campo de concentración ideológico de la sociedad durante un siglo. Ambos trabajos ofrecen una perspectiva y una reflexión fundamental para el lector contemporáneo, a saber, que a pesar de los esfuerzos que hemos realizado, no hemos conseguido construir un país de ciudadanos ni un sistema político que merezca el reconocimiento de haber superado al “revolucionario”, salvo en la materia electoral. El empuje ciudadano, fundamento de toda democracia perdurable, se ha detenido. Y ha cristalizado en una mezcla híbrida de los principios políticos de la democracia y los elementos fundamentales del autoritarismo. Un PAN que alcanza el poder de la Presidencia en el estrecho margen aportado por el poder corporativo del SNTE. Y digo marginal porque la base electoral de la elección de Felipe Calderón reside en un tercio ciudadano de la población. Pero la maestra puso la pizca que hacía falta. Un PRD que dio la espalda al desarrollo de los valores centrales del socialismo liberal de avanzada y que, para consolidar su plaza mayor, ha recurrido a los vicios más acendrados de la política mexicana: corrupción, clientelismo, acarreo, silenciamiento y estancamiento ideológico. ¿Y qué decir del PRI, receptor oportunista del atorón? Mantiene poderes territoriales y corporativos de la mayor importancia, desde donde juega, con sustanciosos réditos, a conservarse como fiel de una balanza que no termina de inclinarse hacia la ciudadanía democrática. La consolidación de un sistema de partidos alimentado con sondas artificiales ha contribuido a renovar la clase política, pero esta renovación se ha enajenado a los datos duros de poder fáctico, sin voluntad de superar la estructura de monopolios y oligopolios desprendidos del pasado autoritario, tanto del acuñado en los años 30 y 40 como del más cercano esculpido por la cohorte burocrática fundada por Salinas de Gortari. La evolución del actor ciudadano se ha estancado, si es que no ha retrocedido. No ha conseguido volverse la pieza central que conduce a la elección de instituciones ni a la toma de decisiones de los principios básicos de las políticas públicas. Son las corporaciones económicas y los intereses concentrados de la política los que dominan el Estado y el derecho, mientras los ciudadanos ven cómo se alejan de su alcance. Los políticos de todos los partidos con posibilidades de llegar al poder lo saben muy bien: el cliente está arriba, no abajo. Y el “cliente” de arriba manda al político y manda al cliente de abajo. Solamente un nuevo impulso ciudadano sobre la política puede llevar a transformaciones que introduzcan el principio de igualdad política y jurídica inherente al concepto y necesidad práctica del ciudadano, que en la Constitución mexicana y en la estructura del régimen tiene un papel subordinado al de los poderes fácticos que los han moldeado. Sólo ese impulso podrá completar el ciclo de la metamorfosis de los súbditos en ciudadanos. ugalde@servidor.unam.mx Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM |