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Fox, el provocador
Alberto Aziz Nassif
El Universal

Martes 25 de septiembre de 2007



El regreso de Vicente Fox y Marta Sahagún al escenario público es una mezcla de publicidad y política. La exhibición de su rancho y las imágenes de la pareja en una revista de sociales provocaron reacciones y afectaron la política nacional. Desde hace tiempo que el factor Fox, al que se suma su esposa para formar la ex pareja presidencial, genera malestar en el país y, por las reacciones de su reciente nombramiento como copresidente de la Internacional Demócrata de Centro, también en el extranjero.

Fox ha sido desde el inicio de su meteórica carrera política un provocador. Un personaje carismático, retador, que ganó apoyos y escaló posiciones hasta llegar a la Presidencia. La fórmula del ranchero aventado, inculto pero sincero, el político nuevo que habla un lenguaje simple y establece identidad y comunicación con su público, fue ventaja para ubicarse en la oposición. Una lucha política que se hizo con todas las técnicas de la mercadotecnia y el apoyo de una red financiera dieron por resultado al primer presidente del PAN.

Todas esas piezas y muchas otras, como las ganas de tener alternancia, llevaron a Fox a Los Pinos, pero no alcanzaron para hacer del político provocador el presidente que necesitaba la transición mexicana, es decir, un estadista. Lo que tuvimos fue al ranchero mediático que muy pronto se acomodó en la silla y empezó a jugar con los grandes intereses del país.

Fox no entendió que había que tomar decisiones para establecer una estrategia de gobierno, ni que esas decisiones o la ausencia de ellas tendrían consecuencias y costos. Que la alternancia que él contribuyó a generar no produciría de forma automática un avance democrático ni, mucho menos, una gobernabilidad que ayudara a consolidar los cambios que el país necesitaba.

Con un gobierno dividido, era necesario establecer negociaciones estratégicas con la oposición para hacer reformas. Pero lo que no era aconsejable, salvo para un provocador, era golpear al Congreso y luego lamentarse de que no hubiera reformas. La otra vía era no aceptar desde el inicio los costos de una alianza con el PRI o el PRD, y hacer un gobierno sin reformas. Pero no hubo alianzas ni reformas; tampoco una vía alternativa; el foxismo navegó en la ambigüedad y la provocación.

Sin embargo, lo más grave del foxismo llegó con el manejo político de la sucesión presidencial. Si Fox no hubiera caído en la tentación de lastimar las reglas de la incipiente democracia; si hubiera respetado la legalidad; si no hubiera manipulado el juego institucional para establecer una política de exclusión con su antagonista político; si no hubiera usado y abusado de la Presidencia para hacer campaña en contra de la oposición, otro habría sido el desenlace de su gobierno y, seguramente, otro habría sido su lugar en la historia del país. Pero pasó exactamente lo contrario. Quizá por eso ahora Fox está obsesionado en construir una imagen de sí mismo —tan falsa y artificial como el estanque de su nuevo rancho— de un estadista, de un gran político, una máscara que se quiere vender como si se tratara del nuevo líder internacional de la derecha.

De la victoria electoral de 2000 y el grito que se escuchó en el Ángel de la Independencia, “No nos falles”, a las fotos de la revista Quién, pasaron demasiadas cosas como para hacer un simple borrón y cuenta nueva. Fox pasará a la historia como el primer presidente de la alternancia, pero también como el político que ayudó a polarizar el país, que lastimó la legalidad para sacar adelante sus intereses. Porque, como dijo el tímido dictamen del Tribunal Electoral, las declaraciones del presidente de la República “se constituyeron en un riesgo para la validez de los comicios”.

Unos meses después, una declaraciones de Fox en una conferencia en Washington ya como ex presidente apoyaron el dictamen del Tribunal: con el desafuero de López Obrador “tuve que retirarme y perdí. Pero 18 meses después me desquité cuando ganó mi candidato” (EL UNIVERSAL, 13/II/2007). Fox, el ranchero provocador, finalmente pudo decir en público cuál fue su estrategia, su obsesión por detener a AMLO, sin importar los costos que eso trajera, como la manipulación institucional del desafuero y su discurso cotidiano durante toda la campaña electoral. Ese es Fox, el político que se ubica por encima de las reglas para ganar sus batallas. El político que sabe que el fin justifica los medios y en eso no hay mucha diferencia de sus antecesores, que usaron el poder para ganar por encima de las reglas.

Tal vez pocos se acuerden de las muchas promesas incumplidas del foxismo, pero será difícil olvidar al Fox que no pudo entrar al Congreso de la Unión para rendir su sexto informe; o al Fox que le pasó a Calderón la banda presidencial en una tribuna tomada, entre gritos y golpes. Esas imágenes permanecerán en la memoria del país.

La ex pareja presidencial sigue provocando, pero no les gusta la respuesta. Fox y Marta dejaron demasiados enconos en el camino, pero no sólo en las filas de sus adversarios, sino entre sus amigos y aliados. Las declaraciones de Lino Korrodi sobre la exhibición “cínica” y “descarada” del enriquecimiento sexenal son una muestra (EL UNIVERSAL, 19/IX/2007).

El caso Amigos de Fox terminó como un expediente ilegal de financiamiento político; o las cuentas sobre los hijos de Marta Sahagún, que no acabaron de cuadrar. En este país se sabe que las explicaciones más importantes sobre las fortunas de los ex presidentes tienen que ver con el tráfico de influencias. El enriquecimiento de los políticos es un río revuelto de intereses que resulta complicado de probar penalmente. Habrá que observar, sin muchas expectativas, si existe alguna ruta de transparencia sobre el caso de Fox, o todo termina como un simple nubarrón de temporada, producto de un reportaje. Al final de cuentas, como lo señaló René Delgado, eso es lo de menos. Lo importante es el desastre político que armó Fox y del cual todavía pagamos las consecuencias.

Lo que permanecerá es el Fox provocador, que empezó como un líder de oposición y terminó como un presidente que lastimó la legalidad y puso en riesgo la elección. Esa será su herencia como ex presidente.

Investigador del CIESAS



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